¿CÓMO TRATAMOS A LA CIUDADANÍA SENIOR EN PANDEMIA?

Santiago Cambero Rivero

Doctor en Sociología y Máster en Gerontología Social

Profesor de Sociología, Universidad de Extremadura (España)

Un año de pandemia

Efectivamente, hace un año se declaraba por la OMS la actual pandemia, un nuevo coronavirus llamado SARS-CoV-2. Y quizás sería momento para hacer balance sobre la gestión de esta crisis sanitaria a escala global, a fin de ir mejorando las intervenciones institucionales frente a situaciones inéditas que afectan a la salud pública. El COVID-19 como se conoce popularmente modificó nuestros estilos de vida, de Oriente a Occidente, sin apenas poder asimilar cada día la magnitud de esta guerra sin cuartel frente a un microorganismo.

En el caso de Europa -como el “Viejísimo Continente”-,

hubo y está habiendo un segmento de la población que sufre como la víctima principal del COVID-19, las personas mayores. En España, más de 27.000 ancianos fallecieron con coronavirus o síntomas compatibles en alguna de las más de 5.400 residencias públicas y privadas, desde el pasado mes de marzo de 2020.

Ante tales cifras devastadoras, yo al menos no tengo duda sobre las actuaciones diligentes de la mayoría de responsables y profesionales del sector sociosanitario en España, donde estuvieron meses desprovistos de los recursos protectores y combativos ante la sangría humana en estas residencias durante el estallido del primer brote. Pero igualmente, las autoridades competentes deberían reabrir aquel debate sobre el nuevo modelo focalizado en la atención a las personas de edades avanzadas.

Ahora sabemos más, desde la Ciencia y la Política, la especial vulnerabilidad de las personas adultas mayores frente al COVID-19, por razones de salud, dependencia o soledad, que obliga moralmente a resarcir tanto daño y dolor en miles de familias en muchos países. Sin duda, la vacunación es la salvación de urgencia para generar inmunidad colectiva adquirida contra esta enfermedad, mientras los gobiernos deben implementar estrategias de intervención y control de este maldito virus.


COVID-19: Virus edadista


En tal contexto nacional e internacional, debemos reconocer que el COVID-19 es un virus edadista que ha propagado socialmente el edadismo, como forma de discriminación social por la edad. Incluso, podríamos estar asistiendo a situaciones de gerontofobia, pretendiendo hacer desaparecer lo que nosotros mismos seremos en el futuro. Es decir, personas adultas mayores dispuestas a vivir la vejez con la máxima autonomía personal, y a ser atendidas debidamente por los sistemas de cuidados, si así lo requerimos.

En la primera ola padecida en Europa, se produjeron múltiples casos de discriminación sistémica hacia las personas mayores, que afectó a la misma dignidad ligada

a los Derechos Humanos de esta parte de la ciudadanía. Hubo vulneraciones por las instituciones cuando se adoptaban medidas políticas de restricciones de movilidad que provocaron más aislamiento social, soledad no deseada en muchos hogares ocupados por personas de edades avanzadas. Múltiples decisiones públicas adoptadas desde una visión sesgada, adultocéntrica, que no tuvo en cuenta las circunstancias físicas y mentales de las personas mayores, que incidieron negativamente en su calidad de vida.

Por consiguiente, todas estas circunstancias adversas para los adultos mayores han provocado un deterioro físico-cognitivo progresivo, que deberemos valorar desde el enfoque bio-psico-social, por sus secuelas posteriores a paliar por los sistemas sanitarios.

Recordemos las circunstancias de los llamados triages en los hospitales en los momentos más críticos en los primeros meses del pasado año,

cuando la pandemia afectó duramente a los adultos mayores. La edad fue el factor de asistencia médica con todos los medios hospitalarios disponibles, cuando los hospitales estaban colapsados, especialmente las UCI.

Lamentablemente, se puede confirmar que hubo discriminación sistémica hacia las personas mayores, en la que la propia población no era consciente de estos riesgos de discriminación social y sus consecuencias fatales en algunos casos. Como decía, la prestigiosa pensadora social, Simone de Beauvoir, nos negamos a reconocer lo viejo que somos.


Solidaridad intergeneracional: Sociedad para todas las edades


Por suerte, la generación actual de septuagenarios y más, supieron aplicar el silencio y la resiliencia frente a las adversidades de una guerra civil en España y la dictadura franquista. Son personas supervivientes, quienes en contextos de carencia material y de represión política, avanzaron hasta la conquista de los derechos democráticos que hoy disfrutamos en libertad, justicia y paz el resto de generaciones. Así, ellos y ellas merezcan nuestros mejores cuidados y atenciones para continuar conviviendo y transmitiendo sus experiencias de vida.

La solidaridad intergeneracional

es la estrategia de adaptación a cualquier realidad, desde el conocimiento y las emociones compartidas, pues cuando todas las partes están dispuestas a colaborar en la mejora de las condiciones de vida, desde el sistema de pensiones públicas hasta las ayudas recíprocas entre miembros de las familias.

De hecho, aún recuerdo cuando las palabras del presidente del Gobierno de España, cuando manifestaba en una de sus alocuciones dominicales durante el primer estado de alarma, su orgullo por el ejercicio de solidaridad intergeneracional para superar esta adversidad como nación. Ciertamente, la protección humana al margen de edades, representaba proteger a personas jóvenes y mayores más vulnerables, como ejemplo a compartir con futuras generaciones en este país.


Maltrato a las personas mayores


Como inicié, ha habido casos de vulneración de derechos humanos de las personas mayores relativos a la asistencia sanitaria, que perjudicaron el estado de salud, especialmente en residencias geriátricas. La muerte es connatural al ser humano, pero podría haberse paliado con cuidados del final de muchas vidas, que se encontraron en situaciones de soledad no deseada y sin despedidas con seres queridos. Hubo quienes fueron abandonados a su suerte por desprotección en las residencias durante la pandemia, como denuncia Amnistía

Internacional España, ya que las decisiones de determinadas autoridades de no derivar a las personas mayores enfermas a los hospitales se aplicaron de forma automatizada y en bloque, sin llevar a cabo valoraciones individualizadas. También, hubo decisiones públicas que impactaron en el derecho a la vida privada y familiar, y en el derecho a tener una muerte digna.

Tras este annus horribilis, la necesidad de reparar justamente algunas consecuencias de esta tragedia nacional e internacional, que se ha cebado con las vidas de nuestros padres y madres, abuelas y abuelos. ¡Nunca más, por favor!

Igualmente, se produjeron situaciones de discriminación por edad en distintos ámbitos de nuestras sociedades. Aún recuerdo con agravio ciertos titulares mediáticos, palabras de representantes políticos y medidas gubernativas de desescalada con tono edadista, que atentaban contra la dignidad de los séniores. Matia Instituto investigó sobre la desigualdad social a través de las opiniones y actitudes sobre las personas mayores en la crisis del coronavirus en España, concluyendo que los discursos paternalistas de políticos, periodistas y médicos, unido a las generalizaciones sobre las personas mayores como enfermas, fueron aceptadas por la sociedad en general para justificar medidas discriminantes hacia estos adultos, con efectos dramáticos en sus vidas durante el confinamiento domiciliario y las restricciones de movilidad posteriores.


Cultura del buen trato senior


En definitiva, los estereotipos de la vejez y el envejecimiento simplifican la diversidad humana hasta negativizar el proceso natural que lleva a tal etapa de la vida en Occidente; incluso infantilizando el trato hacia personas de edades avanzadas, despojándolas de su propia autonomía personal. Por eso, estoy convencido de la importancia de la educación en igualdad etaria,

desde la infancia hasta la senectud, evitando así cualquier tratamiento por condiciones de discapacidad, enfermedad o fragilidad de las personas mayores, como recomienda la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología. La cultura del buen trato sénior debe emerger y consolidarse en una sociedad para todas las edades, si aspiramos a que nos tratan como merecemos el día de mañana. El buen trato en las familias, en los servicios sanitarios y sociales, en el entorno comunitario y vecinal, en los medios de comunicación social, …, desde las instituciones gubernativas.

La única vía para lograr la igualdad etaria a escala glocal, sería reconociendo la dignidad de los adultos mayores a través del ejercicio de los Derechos Humanos.

De ahí que urgen instrumentos de protección de los Derechos Humanos, siendo más garantistas con las personas mayores, y el resto de generaciones. Una próxima Convención Internacional por los Derechos de las Personas Mayores que vincule a los gobiernos, de modo que sus agendas políticas contemplen todos aquellos aspectos relativos a la ciudadanía senior ante los retos del envejecimiento demográfico en el siglo XXI.

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