La Recreación y el Adulto Mayor en el contexto del "Decenio del Envejecimiento Saludable"

Librada C. Sánchez Acosta, PhD.*



Por treinta de sus setenta y cinco años de existencia, la Organización de las Naciones Unidas ha celebrado el 1ero de Octubre como el Día Internacional de las Personas de Edad (Organización de las Naciones Unidas, 2020). La Organización Mundial de la Salud, por su parte ha decretado la década de 2020 a 2030 como el Decenio del Envejecimiento Saludable (Organización Mundial de la Salud, 2020). Así mismo, la Organización Panamericana de la Salud que es la organización internacional especializada en salud pública de las Américas, trabajando juntamente con la Organización Mundial de la Salud han jugado un papel fundamental en la adopción de la Convención Interamericana sobre Protección de los Derechos Humanos de las Personas de Edad adoptada en la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en junio de 2015 (Organización Panamericana de la Salud, 2020). Estas iniciativas reflejan la importancia que estos organismos internacionales han asignado y continúan asignando al periodo de vida que se conoce como la tercera edad o etapa del adulto mayor.


Desde un punto de vista evolutivo, la etapa del adulto mayor representa la sumatoria y síntesis del desarrollo humano incluyendo sus aspectos biológicos, sociales y psicológicos y los cambios

respectivos a nivel anatómicos, fisiológicos, emocional, cognoscitivo, y su relación con nuestro entorno social. Estos cambios a su vez tienen lugar en el contexto y bajo la influencia de las experiencias y circunstancias que nos haya tocado vivir a lo largo de nuestra existencia. Considerándolo desde esta perspectiva, alcanzar la etapa de adulto mayor debería ser un símbolo de estatus y prestigio y quienes alcanzan esta etapa deberían ser reconocidos por haber superado exitosamente las etapas evolutivas anteriores y respetados por la ventaja que esto les confiere para guiar a otros en etapas evolutivas más tempranas.


Esta es la perspectiva desde la cual iniciativas como las de la Organización de las Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud enfocan sus esfuerzos por alcanzar metas específicas con respecto a la población mundial de adultos mayores. Una de las metas primordiales de estos organismos es posicionar la etapa del adulto mayor en el contexto de las contribuciones que cada ser humano aporta a la familia, la comunidad y la sociedad en general durante el transcurso de su vida y reconocer los derechos de quienes han alcanzado la etapa de adulto mayor a recibir trato y atenciones que apoyen su bienestar. Solo así podremos sacar provecho del conocimiento y sabiduría proveniente del tránsito de los seres humanos por todas sus etapas evolutivas en la vida y beneficiar con este aprendizaje y experiencia a las generaciones sucesivas. Otra meta de gran importancia es lograr el consenso y la participación mundial en la canalización apropiada del incremento de la longevidad del ser humano. La población mundial de adultos mayores en el momento actual ha alcanzado las proporciones más elevadas en la evolución del ser humano y este incremento en longevidad es particularmente elevado en los niveles socioeconómicos menos favorecidos del planeta. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud,

“En el mundo hay ya más de mil millones de personas que tienen 60 años o más, la mayoría de ellas en países de ingresos bajos y medianos. Muchas de esas personas no tienen siquiera acceso a los recursos básicos necesarios para una vida plena y digna. Muchas otras se enfrentan a numerosos obstáculos que les impiden participar plenamente en la sociedad” (Organización Mundial de la Salud, 2020). América Latina y el caribe no son una excepción en cuanto al incremento de la longevidad del ser humano. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), entre 2010 y 2030, la cantidad de personas mayores en esta región se duplicará, de 58,57 millones a 119,67 millones, y en 2050 alcanzará la cifra de 195,87 millones. Ese incremento significa que, en 2050, el porcentaje de personas mayores en la región llegará a alrededor del 25% (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2020)

En base a esto, se anticipa que la sobrepoblación de adultos mayores

influenciará de forma gradual todos los aspectos de la sociedad y en consecuencia se requerirá de intervenciones de tipo global, sistémicas y sostenidas para una canalización apropiada de dicha influencia. Iniciativas como las de “El Decenio del Envejecimiento Saludable de la Organización de las Naciones Unidas son una respuesta a este fenómeno con la propuesta de aunar los esfuerzos de los gobiernos, la sociedad civil, los organismos internacionales, los profesionales, las instituciones académicas, los medios de comunicación y el sector privado en torno a diez años de acción concertada, catalizadora y de colaboración para mejorar las vidas de las personas mayores, sus familias y las comunidades en las que viven.” (Organización Mundial de la Salud, 2020).


Naturalmente entre estas metas no pueden faltar acciones concretas para el manejo apropiado de la influencia del entorno sociopolítico en la percepción y el trato del adulto mayor. Particularmente relevante a las iniciativas de la Organización Panamericana de la Salud es la severidad del impacto de la discriminación contra la edad en la salud y el bienestar de las personas mayores, respecto a lo cual esta organización sostiene que, “En la región de las Américas, el envejecimiento de la población ocurre rápidamente con muchos conceptos erróneos.” (Organización Panamericana de la Salud, 2020). De ahí el apoyo conjunto de este organismo y la Organización Mundial de la salud para la adopción de la Convención Interamericana sobre Protección de los Derechos Humanos de las Personas de Edad que aboga, entre muchos otros derechos humanos fundamentales, por la importancia de garantizar al adulto mayor independencia y autonomía, participación informada en las decisiones concernientes a su propia salud, reconocimiento igualitario ante la ley, seguridad social, y accesibilidad y movilidad personal. Consideradas en su conjunto, estas iniciativas mundiales promueven el compromiso económico, social, político, educativo y cultural con las personas mayores como el contexto idóneo para agenciar a través de estrategias apropiadas los factores intrínsecos y extrínsecos que contribuyen a la condición de vulnerabilidad del adulto mayor y es en el marco de esta introducción como mejor se entiende la necesidad de diversos componentes estratégicos para fomentar el bienestar y envejecimiento saludable del adulto mayor, que por supuesto incluye el papel de la recreación.


PAPEL DE LA RECREACIÓN COMO PARTE INTEGRAL DEL BIENESTAR DEL ADULTO MAYOR Y EL ENVEJECIMIENTO SALUDABLE.


Los beneficios de la recreación, particularmente cuando sucede en el contexto de la participación social y envuelve interacción con otras personas (Levasseur et al., 2010) se considera esencial para el envejecimiento saludable (McLaughlin et al.,2010; Rowe & Kahn, 1997). De ahí que, hoy por hoy incluir la recreación y las actividades sociales en el desarrollo e implementación de los programas para promover el bienestar del adulto mayor se haya constituido en una pauta bien establecida.

Asumir que alcanzar la etapa de adulto mayor es llegar al final del desarrollo humano es una concepción errónea que entorpece los esfuerzos para incorporar componentes de desarrollo a los programas para promover el bienestar del adulto mayor. Como en cualquier otra etapa del desarrollo humano, los cambios biológicos, sociales y psicológicos que caracterizan la etapa del adulto mayor son susceptibles de ser influenciados positiva o negativamente por los eventos del ambiente y el entorno social. De ahí la importancia de mantener y fomentar en estos programas componentes culturales, educacionales y recreativos que estimulen y favorezcan la continuidad del desarrollo en aspectos críticos como lo son los aspectos cognoscitivos, la movilidad y capacidad de valerse por sí mismo, además de aspectos psicosociales como la independencia y autonomía. Existen innumerables estudios que han demostrado el efecto positivo de la participación activa y regular del adulto mayor en actividades recreativas y sociales, particularmente cuando se trata de actividades productivas como lo son aquellas ejecutadas en grupo, en forma colaborativa y con un objetivo común (Mendes de Leon, 2003). De hecho, los beneficios que estas actividades aportan se traducen en beneficios tanto a nivel anatómicos y fisiológicos, como en los aspectos cognoscitivos y emocionales, y a nivel del desenvolvimiento y las relaciones del adulto mayor con su entorno. Sin intención de ofrecer una lista exhaustiva, algunos de esos beneficios incluyen:


  • El incremento en la longevidad activa y productiva (Glass, Mendes de Leon, Marottoli, & Berkman, 1999).

  • El mantenimiento de habilidades funcionales incluyendo varios aspectos de bienestar psicosocial como la calidad de vida y el optimismo (Paggi, Jopp, & Hertzog, 2016) y satisfacción con la vida (Menec, 2003; Menec & Chipperfield, 1997). Así como la percepción propia de buena salud y bienestar personal. Por ejemplo, se ha comprobado que la percepción de ‘sentirse bien y saludable’ es más alta en adultos mayores que participan regularmente en actividades recreacionales y sociales tales como ayudar en la iglesia, participar en eventos sociales y compartir con grupos de amigos y familiares (Zunzunegui et al.,2004, y aún más cuando se trata de participar activamente en organizaciones o clubes sociales y actividades deportivas (Sirven and Debrand, 2008).

  • La reducción del desarrollo de problemas que afectan la movilidad normal como subir y bajar escaleras, caminar trechos relativamente largos y realizar labores domésticas que requieran cierto nivel de esfuerzo físico (James, Boyle, Buchman, & Bennett, 2011)

  • La prevención del deterioro de la función cognoscitiva (James, Wilson, Barnes, & Bennett, 2011) con sus efectos potenciales en la reducción en el desarrollo de la demencia (Wang, Karp, Winblad, & Fratiglioni, 2002).

  • La reducción de síntomas depresivos en adultos mayores con niveles moderados y altos de actividad recreativa y social y la mejoría notable de síntomas depresivos en aquellos que incrementan su actividad recreativa y social a niveles más altos por un periodo de dos años (Stewart, Artero, Ancelin, and Ritchie, 2009).

Es importante enfatizar que cualquier actividad recreativa es mejor que ninguna actividad recreativa pero no todas las actividades son igualmente favorables en cuanto a producir los beneficios arriba mencionados. De hecho, se han desarrollado taxonomías que organizan las actividades de recreación en base a la capacidad que tengan para promover dichos beneficios en base a parámetros que incluyen, la frecuencia y regularidad de participación en la actividad, el grado de interacción con otras personas en la realización de la actividad, y la productividad o posibilidad de la actividad para proveer beneficios a otros. Por ejemplo, usando una taxonomía como la de Levasseur (Levasseur et al. 2010),

se podría clasificar las actividades por su capacidad de producir beneficios de menor a mayor en base el grado de interacción con otras personas y la intención de la actividad para proveer beneficios a otros: 1) Actividades que uno puede realizar solo como leer, escribir, oír la radio, ver televisión. 2) Actividades que uno puede realizar solo en un contexto social, como caminar por un